Carla Simón regresa a Vigo con Romería y cierra su trilogía

  • Romería clausura la trilogía familiar de Carla Simón tras su paso por Cannes; estreno en salas el 5 de septiembre.
  • La protagonista, Marina (Llúcia Garcia), viaja a Vigo guiada por cartas maternas en un juego de película dentro de la película.
  • Retrato empático de los años 80 en Galicia: libertad, drogas y VIH sin juicios ni romantización.
  • Amplia proyección internacional: distribución en Reino Unido, Italia y Benelux; el equipo mira a la temporada de premios.

Carla Simón en Romería

La cineasta catalana vuelve a casa por la vía de los recuerdos: con Romería, Carla Simón completa una travesía íntima iniciada con Estiu 1993 y continuada en Alcarràs. Tras un aplaudido recorrido por Cannes, el filme celebró su preestreno en Vigo y llegará a los cines el 5 de septiembre, conectando la memoria familiar con un territorio que forma parte de su propia biografía.

Lejos del autobombo y sin edulcorar el pasado, la película propone un viaje de ida y vuelta entre realidad e imaginación. Su protagonista, Marina (18 años), aterriza en la ría para conocer a la familia paterna que apenas había tratado, guiada por las cartas de su madre y por una pulsión muy humana: entenderse para poder contarse.

Romería: un cierre emocional para una trilogía de familia

Película Romería de Carla Simón

La última pieza del tríptico de Simón se asienta en una idea luminosa y dolorosa a la vez: recordar sin juzgar. Si Estiu 1993 fijó la mirada de una niña frente a la pérdida y Alcarràs retrató la fragilidad de un modo de vida, Romería se atreve a convocar a los padres ausentes desde la ficción, con empatía hacia quienes eligieron el silencio como mecanismo de supervivencia.

El título no es casual. «Romería» alude tanto a la peregrinación íntima de su protagonista como a la fiesta popular que Galicia conoce bien. En ese doble sentido —viaje espiritual y celebración comunitaria— la película camina sobre ría, recuerdos y rituales, con el mar como vínculo que anuda generaciones.

Simón, que creció en Cataluña y reivindica su raíz gallega paterna, encuentra en Vigo el escenario idóneo para un relato que ella define como un acto de reparación: no un ajuste de cuentas, sino la voluntad de rellenar huecos que la memoria oficial no preservó.

Un viaje a Vigo entre memoria y cine

Romería rodada en Vigo

La narración avanza en dos planos que se alimentan entre sí: la llegada de Marina en 2004 para conocer a la familia de su padre y la reconstrucción, desde la imaginación, de la juventud de sus progenitores en la Galicia de los 80. Esa estructura de película dentro de la película convierte a la protagonista en narradora activa —cámara en mano— y abre una reflexión sobre lo que recordamos e inventamos.

Las cartas reales de la madre —convertidas en diario en pantalla— sostienen ese dispositivo. Simón asume que la memoria es selectiva y poco fiable, y por eso se permite crear imágenes que faltan. El resultado no opone verdad y ficción: muestra cómo ambas pueden colaborar para construir un relato propio sin traicionar la experiencia vivida.

La cinta evita la romantización del contexto. Hay una escena en la que se muestra el ritual de la heroína; está rodada con contención para no convertir el drama en espectáculo, pero también para no maquillar una realidad que partió familias. Del otro lado, aflora una luz cotidiana: momentos de ternura, juego y deseo de libertad.

Sin señalar con el dedo, la película mira a abuelos y padres, a quienes ocultaron por dolor y a quienes vivieron entre euforia, desinformación y consecuencias. Esa tensión atraviesa encuentros, silencios y gestos que el guion dosifica con precisión.

El retrato de una generación que puso patas arriba los 80

Retrato generacional en Romería

Hijos de una educación represiva que, al terminar la dictadura, se lanzaron a probarlo todo: de esa energía nace parte del pulso de Romería. La película enmarca la irrupción de la heroína y la crisis del VIH en España sin morbo ni didactismos, pero con la convicción de que también es memoria histórica y merece ser contada con dignidad.

Vigo y su entorno no aparecen como postal, sino como un paisaje que late con la historia: el casco viejo, la industria, la ría, las playas y esa geografía cambiante donde la ciudad se mezcla con el mar. La cámara recoge fiestas populares, coreografías de verbenas y escenas al aire libre que recuerdan que incluso en tiempos duros hubo espacios para el amor y la belleza.

La propuesta rehúye la nostalgia vacía. Simón prefiere rodar desde el presente de la acción y no desde el recuerdo idealizado. Así, lo íntimo se vuelve universal: familias que callan, adolescentes que preguntan, adultos que lidian con pérdidas y culpas que no saben nombrar.

Proceso creativo, lenguaje y trabajo con intérpretes

Carla Simón en el rodaje

El guion fue una ruta flexible que en rodaje exigió mirar lo que ocurre delante de la cámara y, cuando hacía falta, soltar lo escrito. En montaje, esa materia viva encontró su forma definitiva, con un tramo final más onírico que rompe el naturalismo habitual de la directora para activar la imaginación como vía de verdad emocional.

Simón combina actores profesionales y no profesionales, cuidando procesos largos de ensayo para que el reparto se sienta familia. La abuela la interpreta una vecina de Vigo sin experiencia previa y en el equipo se cuelan rostros reales del entorno, incluso un cameo de un tío en una escena de notaría.

El casting de la protagonista fue una odisea: ocho meses, alrededor de 3.000 chicas vistas en redes, institutos y a pie de calle. La elegida, Llúcia Garcia, apareció al final, mochila al hombro después de una excursión. Su mezcla de inocencia y determinación encaja con ese alter ego que explora, pregunta y filma.

Como en trabajos anteriores, se mezclan lenguas según lo dicta la realidad de los personajes: castellano, catalán y gallego, con pinceladas de francés. El idioma no es ornamento, sino una capa más de verosimilitud y pertenencia.

De Cannes a la cartelera: una película con largo recorrido

Carla Simón en festivales

Seleccionada en la Sección Oficial de Cannes, Romería reforzó el vínculo internacional del cine de Simón, que ya había hecho historia con el Oso de Oro de Alcarràs. Tras el preestreno vigués, su estreno comercial en España supera las 200 salas y su gira incluirá citas como los festivales de Londres y Nueva York.

En el plano industrial, la película viaja con el sello de ventas de mk2 y acuerdos con distribuidoras de prestigio: Curzon (Reino Unido), I Wonder (Italia) y Cherry Pickers (Benelux). El tándem con la productora María Zamora —clave en su trayectoria— mantiene una estrategia que mira a la temporada de premios, sin perder de vista al público.

Simón, representada por la agencia UTA en Hollywood, forma parte de una potente generación de cineastas españolas que se acompañan sin competir. Su nombre aparece en foros como Women in Motion y en redes de creadoras que comparten dudas, aprendizajes y una forma de estar en el cine que prioriza lo humano.

Las dos primeras películas de la directora fueron seleccionadas por España para los Oscar y Romería presenta credenciales para volver a sonar en esa conversación. Más allá de las estatuillas, el verdadero impacto de su cine sigue siendo la capacidad de conectar con espectadores muy distintos a partir de historias profundamente personales.

Ficha esencial

  • Dirección: Carla Simón
  • Reparto: Llúcia Garcia, Celine Tyll, Mitch, Tristán Ulloa
  • Duración: 115 minutos
  • Calificación: No recomendada para menores de 16 años
  • Género: Drama, Drogas, Familia
  • Nacionalidad: España
  • Idiomas: Español, Catalán, Gallego, Francés
  • Estreno en España: 5 de septiembre

Con una mirada serena y un pulso formal que arriesga, Romería convierte la falta de recuerdos en un ejercicio de cine: inventar para comprender. Entre la ría y los diarios, entre abuelos que callan y jóvenes que bailan, Carla Simón cierra un ciclo vital y creativo que invita a pensar en la memoria como un relato que también se construye.


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