
La llegada de la segunda entrega de X-Men ’97 a Disney+ ha sido recibida con una mezcla de expectación y alivio. En un momento donde el cine de superhéroes parece estar pasando por una crisis de identidad, esta serie de animación se planta como un bastión de calidad creativa que no se conforma con comerse el coco con la nostalgia, sino que se atreve a lanzar dardos a temas geopolíticos y sociales actuales.
Lo que hace que este proyecto brille es su capacidad para equilibrar la estética vibrante de los cómics y el streaming con un drama político mucho más maduro. A pesar de las polémicas internas en Marvel Studios relacionadas con el guionista Beau DeMayo, el resultado en pantalla demuestra una sensibilidad artística que eleva el material original, transformando un dibujo animado infantil en una obra con una profundidad tridimensional sorprendente.
El despliegue narrativo y el viaje temporal

La historia retoma el hilo justo donde quedó el cliffhanger anterior, con los mutantes repartidos por el espacio-tiempo. En el año 3960 d. C., nos encontramos con Scott Summers y Jean Grey cuidando de su hijo Nathan, intentando evitar que Apocalipsis utilice al pequeño como recipiente para su poder. Mientras tanto, en el antiguo Egipto del año 3000 a. C., Xavier y Magneto intentan evitar que el joven En Sabah Nur se convierta en el villano que ya conocen, intentando inculcarle una filosofía de coexistencia.
Este enfoque permite que la serie explore el concepto de la diáspora y el destino. El primer episodio, titulado «Days of Past Future», sienta las bases de una trama donde el tiempo es un personaje más. La interacción entre Charles y Erik en el pasado es, posiblemente, uno de los puntos más fuertes, ya que redefine la tragedia de Apocalipsis y nos muestra que hay cosas que parecen predestinadas a ocurrir sin importar cuánto se intente cambiar el rumbo.
Nuevos equipos y conflictos ideológicos
Para llenar el vacío dejado por los X-Men, aparecen grupos que expanden enormemente el tablero de juego. Por un lado, tenemos a X-Factor, un equipo autorizado por el Gobierno liderado por Havok y Valerie Cooper, que ve a los mutantes como una herramienta del Estado. Por otro, Cable recluta a X-Force, un grupo mucho más agresivo y directo, donde personajes como Júbilo muestran una faceta mucho más potente y cañera que en cualquier otra versión.
- X-Factor: Compuesto por Multiple Man, Strong Guy, Wolfsbane y Polaris.
- X-Force: Incluye a Cable, Archangel, Psylocke y Sunspot.
- X-Corp: Una base establecida en Genosha para evitar las restricciones legales de EE. UU.
La tensión entre estos grupos refleja el conflicto eterno de los X-Men: la lucha entre la integración forzada bajo el control gubernamental y la libertad total basada en el sueño de Xavier. El uso de trajes icónicos, como los diseñados por Frank Quitely, añade una capa de placer visual para los conocedores del cómic, aunque la serie logra que alguien que nunca haya leído una viñeta se sienta totalmente integrado en la historia.
Análisis de los episodios y el clímax final
La temporada comienza con un ritmo frenético y espectacular. El arco de Rama-Tut (una identidad de Kang el Conquistador) y la intervención de los Celestiales aportan una escala épica. No obstante, no todo es perfecto. El episodio centrado en Arma X, aunque tiene momentos de terror muy logrados con la aparición del Nido, peca de presentar una alianza poco creíble entre Logan y Dientes de Sable que rompe un poco la suspensión de la incredulidad.
A medida que avanzamos hacia el final, la serie empieza a sufrir el síndrome de la prisa. El episodio de la Tierra Salvaje es cuestionable debido a un planteamiento moral absurdo donde se intenta justificar el odio de Graydon Creed por su trauma infantil. El desenlace, centrado en la resurrección de Gambito como Jinete de la Muerte y la posterior batalla final, se siente apresurado. El clímax resuelve los hilos narrativos, pero lo hace mediante un deus ex machina con el Celestial Eson que resta impacto emocional al sacrificio de los personajes.
Valoración técnica y legado
En el apartado visual, la serie es una joya. La fotografía hereda la potencia de la primera entrega y la lleva al límite, creando una experiencia colorida y vibrante. El reparto de voces, especialmente en la versión original, es impecable, logrando que personajes como Pícara o Tormenta recuperen una presencia arrolladora y carismática que lamentablemente se echa de menos en los cómics actuales de Marvel.
A pesar de que el cierre de la temporada pudo haber respirado mejor con un episodio adicional (como el que supuestamente fue descartado y que introduciría a Onslaught), la obra sigue siendo un must. Ha conseguido que una nueva generación descubra por qué los mutantes son tan especiales, demostrando que la animación de primer nivel puede tratar temas profundos sin renunciar a la acción épica. Esta serie se consolida como una de las mejores interpretaciones del universo Marvel, dejando la vara muy alta para las futuras entregas que ya han sido renovadas.
La segunda temporada de X-Men ’97 es un viaje ambicioso que, aunque tropieza en su ritmo final y en algunas resoluciones apresuradas, logra expandir el mito mutante con una maestría envidiable. Entre viajes al pasado egipcio, futuros distópicos y la lucha interna entre X-Force y X-Factor, la serie reafirma que los X-Men son más que superhéroes: son una familia rota luchando por su supervivencia en un mundo que los teme, todo ello envuelto en una estética noventera que enamora y una narrativa que no teme arriesgar.
