Para cualquiera que haya crecido devorando las páginas de El Señor de los Anillos, es casi imposible no proyectar esa cosmovisión del género fantástico sobre todo lo que juega. Al sumergirnos en un JRPG, es muy común que nos asalte la sensación de que hay algo familiar en esos mundos, una chispa de inspiración que nos remite inevitablemente a la obra del profesor Tolkien.
A menudo hablamos de lo «tolkienesco» para referirnos a esa fantasía épica que sigue la estela de la Tierra Media, con sus razas clásicas y sus conflictos monumentales. Aunque a veces busquemos juegos que capturen esa esencia pura, la realidad es que la huella de Tolkien está impregnada en el ADN de los videojuegos japoneses, aunque el camino que recorrió esa influencia sea más complejo de lo que parece a simple vista.
El camino indirecto: De Oxford a Akihabara

Es curioso pensar que J.R.R. Tolkien jamás pisó suelo japonés ni imaginó que sus enanos y elfos terminarían protagonizando aventuras en consolas. La clave de este fenómeno no fue una traducción directa de sus libros, sino un vehículo intermedio fundamental: los juegos de rol de mesa. En los años setenta, la fiebre por El Hobbit y El Señor de los Anillos impulsó la creación de Dungeons & Dragons (D&D), el cual sistematizó razas y alineamientos basados en el imaginario tolkieniano.
Este espíritu saltó rápidamente a los primeros ordenadores con títulos como Zork o Wizardry. Cuando desarrolladores como Yuji Horii o Hironobu Sakaguchi conocieron estos juegos occidentales, quedaron fascinados, lo que acabó dando vida a los pilares del JRPG: Dragon Quest y Final Fantasy. Así, la estructura de misiones épicas y la exploración de mazmorras llegaron a Japón filtradas por el prisma del rol americano, pero con el alma de la Tierra Media.
Los arquetipos en las sagas legendarias

Dragon Quest, lanzado en 1986, es el ejemplo perfecto de cómo se adaptó este lenguaje. Aunque presentaba un tono más optimista y colorido, mantuvo el esquema del héroe elegido, la búsqueda de reliquias legendarias y la lucha contra un señor oscuro, elementos que Tolkien popularizó a nivel global. Por su parte, Final Fantasy comenzó apoyándose en bosques encantados y reinos medievales, aunque con el tiempo evolucionó hacia la ciencia ficción.
Aun así, entregas posteriores de Final Fantasy han recuperado esa atmósfera de alta fantasía, donde imperios surgen de las sombras y existe una profunda melancolía por el fin de una era. Incluso en títulos recientes como Final Fantasy XVI, se pueden percibir ecos de criaturas legendarias que recuerdan al Balrog de Moria, demostrando que el imaginario clásico sigue vivo y coleando.
Casos específicos: De Lodoss War a Zelda

Si buscamos una influencia más explícita, tenemos que mirar hacia Record of Lodoss War. Esta franquicia nació literalmente de una partida de D&D, convirtiéndose en una especie de Tolkien nipón. Con su elfa arquera Deedlit y su grupo de aventureros heterogéneos, Lodoss terminó de fijar en Japón la estética de la fantasía épica que luego veríamos en innumerables videojuegos de la era de Dreamcast y anteriores.
En el caso de The Legend of Zelda, aunque Miyamoto no lo plantee como un tributo, existen paralelismos innegables. La idea de un joven que deja su hogar para combatir un mal ancestral con una espada legendaria es un tropo compartido. Más que una copia, es una herencia mitológica común; tanto Hyrule como la Tierra Media beben de las mismas fuentes folclóricas europeas, procesadas por la sensibilidad de sus respectivos creadores.
La decadencia y el espíritu de FromSoftware

La influencia también ha llegado a través del manga, como ocurrió con Berserk, que a su vez inspiró a Hidetaka Miyazaki. El creador de Dark Souls y Elden Ring ha confesado que de niño leía novelas de fantasía en la biblioteca, rellenando los huecos de lo que no entendía con su imaginación. Esto dio lugar a mundos en ruinas y civilizaciones caídas que evocan el peso del pasado de la Tercera Edad, similar a la majestuosidad decadente de los Argonath.
En Elden Ring, esta conexión alcanza su punto máximo. La colaboración con George R.R. Martin, quien ya admitió que Poniente se inspiró en la vastedad de Tolkien, y la presencia de elementos como el Árbol Áureo, que recuerda al Árbol de Valinor, cierran el círculo. La narrativa fragmentaria, donde el jugador reconstruye la historia a través de objetos y ruinas, es una forma moderna de experimentar el legendarium.
Desde las adaptaciones directas de las películas de Peter Jackson en PS2 hasta los mundos abiertos más complejos de la actualidad, la sombra de Tolkien es omnipresente. Aunque el autor nunca diseñó un nivel ni programó un combate, logró definir el lenguaje visual y narrativo que permitió a los desarrolladores japoneses construir sus propias leyendas, dejando un legado que trasciende fronteras y formatos artísticos.