La undĆ©cima edición del Festival de Les Arts ha arrancado en Valencia con una atmósfera cargada de tensión que poco tiene que ver con el espĆritu festivo de aƱos anteriores. Lo que deberĆa haber sido una celebración por todo lo alto en la Ciutat de les Arts i les CiĆØncies se ha visto empaƱado por un problema tĆ©cnico y administrativo sin precedentes que ha dejado a miles de asistentes con la miel en los labios. Tras un complicado escenario judicial que ya habĆa obligado a otros eventos a buscar nuevas ubicaciones, la promotora decidió mantener el recinto original, pero el precio a pagar ha sido una limitación sonora que ha transformado los grandes himnos del indie nacional en poco mĆ”s que mĆŗsica ambiental.
Desde el primer momento en que las bandas empezaron a tocar, quedó claro que la jornada iba a ser de todo menos tranquila. Los limitadores instalados en cada escenario para no rebasar los 85 decibelios se convirtieron en el enemigo nĆŗmero uno tanto de los mĆŗsicos como de los fans, que no daban crĆ©dito a lo que estaban escuchando. Los pitos y el ya famoso cĆ”ntico de Ā«no se oyeĀ» se hicieron constantes, reflejando el chasco de quienes habĆan pagado una entrada esperando un despliegue de potencia que nunca llegó a materializarse por completo en el recinto.
Artistas y público unidos en la indignación
La situación alcanzó puntos crĆticos con actuaciones como la de la banda Ćxtasis, que vio cómo su sonido se cortaba continuamente. Al parecer, el umbral permitido de tan solo 80 decibelios en el escenario cubierto era tan ajustado que el propio ruido de la gente hacĆa saltar los sistemas de protección, impidiendo que el equipo de audio funcionara mĆnimamente bien. No fueron los Ćŗnicos; Leire MartĆnez protagonizó uno de los momentos mĆ”s comentados al abandonar el escenario unos minutos tras comprobar que su voz apenas llegaba a las primeras filas, regresando despuĆ©s con un gesto visiblemente molesto ante un problema que se le escapaba de las manos.
Otros grupos como Pignoise o La La Love You no dudaron en utilizar el micrófono para dejar claro que ellos no eran los responsables de ese Ā«volumen de susurroĀ». El caso de SiloĆ© fue quizĆ”s el mĆ”s directo, con su lĆder portando carteles en los que se leĆa que lo que estaba ocurriendo era una autĆ©ntica vergüenza para todos los implicados. Incluso los asistentes de la zona VIP, que suelen tener mejor acĆŗstica por su cercanĆa, admitĆan que la experiencia estaba siendo bastante floja y que el ambiente parecĆa mĆ”s el de un karaoke descafeinado que el de uno de los grandes festivales de la Comunidad Valenciana.
El pulso entre el ocio y el descanso vecinal
Fuera del recinto, la situación no era mucho mejor, ya que las restricciones no parecen haber contentado a nadie. A pesar de que la organización echó el cierre a la una de la madrugada para respetar el descanso de los barrios colindantes, las mediciones realizadas en zonas residenciales cercanas registraron picos de hasta 65 decibelios, superando los 55 que marca la normativa municipal de Valencia para esas horas. Esto deja al festival en una posición muy delicada, ya que el recorte drĆ”stico de volumen no ha evitado que se incumplan las ordenanzas, lo que podrĆa acarrear sanciones económicas importantes en el futuro inmediato.
En las redes sociales, la mofa y la crĆtica han ido de la mano, con usuarios sugiriendo que el aƱo que viene repartan sonotones con la pulsera o comparando el evento con una Ā«silent discoĀ» pero sin los auriculares necesarios para disfrutarla. Muchos abonados han mostrado su enfado por el hecho de que la promotora no avisara con antelación de estas limitaciones acĆŗsticas, mientras que los precios de los servicios dentro del festival se mantenĆan tan altos como siempre. La sensación de que el evento ha perdido parte de su esencia por la falta de previsión y el bloqueo institucional es unĆ”nime entre una audiencia que ya empieza a plantearse si volverĆ” en próximas ediciones.
La jornada inaugural se despide dejando una imagen de incertidumbre sobre lo que pasarĆ” en el resto del festival y en las futuras citas musicales de la zona. Con un pĆŗblico desencantado que ha pasado mĆ”s tiempo quejĆ”ndose que bailando, y unos artistas que se sienten atados de pies y manos por la tecnologĆa, el futuro de este tipo de eventos masivos en entornos urbanos consolidados parece estar colgando de un hilo muy fino. Solo queda esperar si las administraciones y los organizadores logran encontrar un punto medio que permita que la mĆŗsica siga sonando con la fuerza necesaria sin perturbar la paz de quienes viven a escasos metros del escenario.
