
OpenAI ha soltado el bombazo al confirmar que ya ha movido ficha para empezar a cotizar en la bolsa de Estados Unidos. La empresa responsable de ChatGPT ha presentado de manera confidencial ante la Comisión de Bolsa y Valores (SEC) el conocido formulario S-1, el documento indispensable para que cualquier gigante tecnológico dé el salto al parqué. Aunque Sam Altman y los suyos han preferido mantener la cautela sobre la fecha exacta, este paso legal deja claro que la maquinaria financiera ya está a pleno rendimiento para lo que promete ser uno de los estrenos más sonados de la década.
No se trata de un movimiento cualquiera, ya que la compañía ha optado por la vía de la confidencialidad para pulir los detalles con el regulador sin que sus cuentas queden expuestas al escrutinio público desde el primer minuto. Esta estrategia, muy habitual en Silicon Valley, les permite tantear el terreno con inversores institucionales y ajustar su hoja de ruta antes de que la información se filtre por completo. En un mercado que está que arde con todo lo relacionado con la inteligencia artificial, OpenAI busca consolidar su liderazgo mientras el mundo entero observa cada uno de sus pasos.
Un trío de ases que marcará el ritmo de Wall Street

El anuncio de OpenAI no llega solo, sino que forma parte de una alineación planetaria de megasalidas a bolsa. En un margen de tiempo muy estrecho, hemos visto cómo Anthropic, su rival más directo y creador de Claude, también ha iniciado los mismos trámites. A esto hay que sumarle que SpaceX prepara su desembarco en bolsa de forma inminente. Parece que este año se ha convertido en el momento elegido por los pesos pesados de la tecnología para captar capital público a mansalva, aprovechando el entusiasmo generalizado por los avances en computación y exploración espacial.
Lo que resulta realmente llamativo es el volumen de dinero que se va a mover. Se estima que este trío de empresas podría levantar una cantidad de capital que dejaría en pañales a muchas cotizadas del Ibex 35. De hecho, solo para OpenAI se baraja una valoración que aspira a alcanzar el billón de dólares, situándola en una liga donde solo juegan los más grandes del mundo. Esta competición por el bolsillo de los inversores obligará a muchos fondos a mover sus posiciones y vender otros activos para poder entrar en estas nuevas e irresistibles opciones tecnológicas.
Desafíos internos y una valoración de infarto
A pesar de las cifras mareantes, no todo es un camino de rosas en las oficinas de San Francisco. La dirección financiera de la empresa está trabajando a destajo para imponer una mayor disciplina en los costes, ya que el desarrollo de modelos de lenguaje cada vez más potentes consume una cantidad ingente de recursos. Además, la presión de Anthropic en el sector empresarial ha hecho que OpenAI no haya alcanzado algunos de sus objetivos de ingresos más optimistas recientemente, lo que obliga a los ejecutivos a ser mucho más cuidadosos con sus previsiones de cara a los inversores.
Para que la salida a bolsa sea viable legalmente, la estructura de la compañía ha tenido que pasar por el taller. Lo que nació como un laboratorio de investigación sin ánimo de lucro se ha transformado en una estructura con fines de lucro, una fórmula que permite equilibrar la búsqueda de ganancias con su misión original de ayudar a la humanidad. Esta metamorfosis no ha estado exenta de roces con algunos fundadores originales, pero era el paso necesario para que los inversores minoristas, esos que ya pusieron dinero en rondas previas, puedan ver finalmente su trozo del pastel cotizando en abierto.
La sombra de Microsoft y la regulación europea
Otro de los puntos que los analistas miran con lupa es la relación de OpenAI con Microsoft. El gigante de Redmond posee una parte sustancial de la tarta y su interdependencia financiera es tan grande que la renegociación de su alianza en inteligencia artificial es un punto crítico, ya que cualquier tropiezo de uno afecta directamente al otro. En el contexto de la Unión Europea, esto también supone un reto, ya que las autoridades regulatorias vigilan de cerca si este tipo de alianzas limitan la competencia en el viejo continente. Por ello, la transparencia que exige el proceso de salida a bolsa será clave para despejar dudas sobre su autonomía operativa.
Los expertos coinciden en que salir al mercado público será el termómetro definitivo para saber si estamos ante una revolución tecnológica sólida o ante una burbuja de las que hacen época. La clave estará en si OpenAI es capaz de convertir su enorme base de usuarios en beneficios constantes que justifiquen esos múltiplos de valoración tan exigentes. Por ahora, el hecho de que cuenten con más de 900 millones de usuarios semanales es una carta de presentación difícil de ignorar para cualquier inversor que no quiera quedarse fuera de la próxima gran ola.
La entrada de la compañía de Sam Altman en el Nasdaq supondrá un antes y un después en la forma en que el mercado valora el software inteligente. Más allá de las polémicas judiciales o los cambios de estructura, la realidad es que el interés por participar en el futuro de la IA es tan salvaje que la demanda de acciones promete ser histórica. A medida que se acerque la fecha definitiva, el sector tecnológico vivirá pendiente de unos resultados financieros que deberán ser impecables para mantener el listón tan alto como lo han puesto las expectativas actuales de Wall Street.

