Llevamos meses escuchando que la inteligencia artificial va a cambiar el mundo, pero lo que no sabíamos con tanta precisión era cuánta pasta se está quemando por el camino. OpenAI, la joya de la corona del sector, se encuentra ahora mismo bajo una lupa microscópica mientras se prepara para dar el gran salto a los mercados públicos. El revuelo es monumental, y no es para menos, porque sus cifras financieras parecen sacadas de una película de ciencia ficción donde los billetes vuelan a la misma velocidad que los algoritmos.
Resulta que, a pesar de que el negocio va como un tiro en cuanto a ventas, las pérdidas que ha reportado la firma son para echarse a temblar. No obstante, en el mundo de las altas finanzas no todo es lo que parece y, antes de llevarnos las manos a la cabeza con los miles de millones de pérdidas operativas y netas, conviene desgranar qué parte de ese agujero es gasto real y qué parte es pura ingeniería contable necesaria para su reestructuración corporativa.
El rompecabezas de los 39.000 millones de dólares

Si miramos los documentos filtrados del último ejercicio, OpenAI se anotó un saldo negativo de unos 38.500 millones de dólares en 2025. Es una cifra que asusta, sobre todo si tenemos en cuenta que el año anterior las pérdidas fueron de 5.000 millones. Sin embargo, hay un matiz que lo cambia todo: unos 30.000 millones de ese total no son dinero que haya salido de la caja hoy, sino un ajuste contable único y sin efectivo. Este movimiento refleja el brutal incremento de valor de los derechos que tenían los antiguos inversores cuando la empresa pasó de ser una entidad sin ánimo de lucro a una corporación comercial.
Al limpiar la imagen y centrarnos en lo que realmente gasta la empresa para funcionar, la cifra baja hasta los 8.000 millones de dólares. Sigue siendo una cantidad de dinero que marea, pero es mucho más digerible para los analistas que entienden que estamos ante una fase de expansión agresiva. El crecimiento de los ingresos es, de hecho, la envidia de cualquier startup europea, pasando de facturar 3.700 millones en 2024 a la friolera de 13.000 millones en 2025, lo que demuestra que hay mucha gente dispuesta a pagar por usar su tecnología.
La factura de Microsoft y el coste de la potencia
Uno de los grandes responsables de que el balance esté tan apretado es Microsoft. La alianza entre ambas compañías es estrecha, pero no sale barata. OpenAI ha tenido que desembolsar más de 17.000 millones de dólares a los de Redmond para poder utilizar la infraestructura de Azure. Es decir, que gran parte del dinero que ingresa la creadora de ChatGPT vuelve directamente a las arcas de su socio para pagar la computación necesaria que permite que millones de personas hagan preguntas a la IA cada día.
Además, mantener el liderato tecnológico exige un esfuerzo en investigación que no tiene parangón. Solo en I+D, OpenAI se gastó 19.000 millones de dólares en 2025, un incremento de más del 140% respecto al año anterior. Este nivel de gasto es el que permite que España y el resto del continente puedan acceder a modelos cada vez más sofisticados, pero pone contra las cuerdas la sostenibilidad financiera a corto plazo de la organización si no logran optimizar estos costes fijos que parecen no tocar techo.
Rumbo a una salida a bolsa histórica
Con este panorama, Sam Altman y su equipo tienen la vista puesta en este mismo otoño para su Oferta Pública de Venta. El objetivo es ambicioso: que el mercado valore a OpenAI por encima del billón de dólares. Para que los inversores no huyan despavoridos al ver los números rojos, la compañía ha empezado a congelar proyectos secundarios muy costosos, como el generador de vídeo Sora, centrando todos sus recursos en hacer que ChatGPT sea lo más rentable posible.
La carrera no será fácil, ya que competidores como Anthropic también están moviendo ficha para salir a bolsa con valoraciones astronómicas. La clave para convencer a Wall Street será demostrar que el modelo de negocio puede generar beneficios reales antes de que se agote la paciencia de los inversores. Por ahora, OpenAI cuenta con una liquidez robusta de 73.000 millones de dólares en efectivo, lo que les da un margen de maniobra considerable para seguir quemando etapas antes de alcanzar el ansiado punto de equilibrio previsto para 2030.
El escenario actual nos deja una empresa que está creciendo a un ritmo nunca visto en la historia de la tecnología, pero que a la vez se enfrenta a retos operativos gigantescos. La transformación de OpenAI de una fundación idealista a un gigante comercial ha provocado un terremoto en sus libros de contabilidad, aunque el mercado parece dispuesto a perdonar las pérdidas presentes a cambio de dominar el futuro de la computación. Todo apunta a que la próxima salida a bolsa será el examen definitivo para validar si este modelo de gasto masivo e ingresos exponenciales en inteligencia artificial es realmente el negocio del siglo o una apuesta de alto riesgo que todavía tiene que demostrar su viabilidad a largo plazo.