El Antigravity A1 ya es oficial y llega con una carta de presentación muy clara: es el primer dron de consumo capaz de grabar en 8K y 360 grados de forma totalmente envolvente. Un equipo incubado por Insta360 que pretende cambiar cómo volamos y, sobre todo, cómo grabamos desde el aire, mezclando realidad inmersiva, control simplificado y un flujo de trabajo pensado para redes sociales y producciones más serias.
Este modelo aterriza en España y el resto de Europa con un enfoque muy concreto: que cualquiera pueda pilotarlo con soltura y sacar material espectacular, aunque apenas tenga experiencia con drones. Para ello combina un peso de 249 gramos, que facilita el cumplimiento de la normativa europea, con una cámara 360 de doble lente y un sistema de gafas y mando que rompe con los controladores de doble palanca de toda la vida.
Un diseño compacto que esconde una cámara 360 única
El Antigravity A1 puede parecer, a primera vista, un cuadricóptero más, pero al observarlo de cerca se entiende mejor por qué está generando tanto ruido. Su estructura es plana, plegable y muy ligera, encajando en la palma de la mano cuando está recogido, y se queda por debajo del umbral clave de los 250 g con la batería estándar instalada.
El truco está en que la cámara no es la típica frontal sobre un gimbal, sino un sistema de doble lente ultra gran angular ubicado en la parte superior e inferior del dron. Este conjunto, basado en la experiencia de Insta360 con cámaras como la X5, permite capturar todo el entorno en 360 grados, sin puntos ciegos y con una resolución máxima de 8K a 30 fps (con opciones de 5.2K a 60 fps o 4K a 100 fps para quienes prioricen fluidez).
El cuerpo del dron integra además un tren de aterrizaje retráctil que se despliega al despegar y se recoge en vuelo para dejar vía libre a la lente inferior. Esta solución evita apoyar el dron sobre el cristal de la cámara, minimiza riesgos de rayones y ayuda a mantener el efecto de “dron invisible” en las tomas finales, en las que desaparece la estructura de la aeronave gracias al cosido por IA.
Otro detalle práctico es que las lentes y las hélices son reemplazables por el propio usuario. Antigravity vende kits de recambio con destornillador y piezas extra, de forma que un golpe o un rayón no obliga a mandar todo el dron al servicio técnico, algo que también reduce residuos y costes de mantenimiento.

Vision Goggles y Grip Controller: volar apuntando con la mano
La gran diferencia del A1 frente a otros drones de consumo como el DJI Air 2S no está solo en la cámara, sino en la forma de volarlo. En lugar del clásico mando con dos sticks, el sistema gira en torno a tres piezas: el dron, las Vision Goggles y el Grip Controller, un mando de mano con gatillo que estrena el modo Free Motion (a menudo escrito como FreeMotion).
El concepto es sencillo: “apuntar para volar”. Se presiona el gatillo para acelerar y se inclina el controlador hacia donde queremos ir. Si se eleva ligeramente la muñeca, el dron sube; si se gira a la derecha, el A1 acompaña el movimiento. Esta lógica hace que incluso alguien que nunca haya tocado un dron pueda hacerse con él tras unos minutos, reduciendo al mínimo la curva de aprendizaje habitual en el pilotaje tradicional.
Las Vision Goggles completan la experiencia. Son unas gafas FPV inmersivas con pantallas Micro‑OLED de alta resolución (2560 x 2560 píxeles por ojo, con óptica tipo pancake) que muestran la vista en 360 grados en tiempo real. El usuario gira la cabeza y el sistema adapta el punto de vista dentro de la esfera de vídeo, dando una clara sensación de estar “montado” en el dron en lugar de observarlo desde fuera.
Para el día a día, las gafas integran una pantalla exterior circular que replica lo que se está viendo, de forma que amigos o clientes puedan seguir el vuelo sin ponérselas. También incorporan ajustes de dioptrías mediante ruedecillas inferiores, ventilación interna para evitar el empañado, altavoces integrados y una ranura de tarjeta microSD para grabar la señal que llega a las gafas.

Modos de vuelo: de FreeMotion a FPV clásico y rutas automáticas
Una vez está todo vinculado —dron, mando y gafas—, el menú interno de las Vision Goggles permite elegir entre varios modos de vuelo adaptados a diferentes perfiles de usuario. En el día a día, los más utilizados suelen ser los siguientes:
En primer lugar está el modo FreeMotion, que es el que mejor resume la filosofía del A1. El piloto mantiene el dron en el aire y simplemente apunta con el Grip Controller hacia la dirección deseada. Con el gatillo decide la velocidad y, mientras tanto, puede mirar libremente a cualquier lado con las gafas, sin que el rumbo dependa de la orientación de la cabeza, algo que diferencia este sistema del FPV puro.
Para usuarios con más experiencia, sigue existiendo un modo FPV clásico, orientado a quienes ya vienen de drones de carreras o vuelos más agresivos. En esta configuración el control es menos asistido, la respuesta del dron es más directa y se alcanzan las velocidades más elevadas, por lo que se recomienda tener cierto rodaje previo.
Otro de los pilares del A1 es Sky Path. Desde la app se puede dibujar una ruta con varios puntos y guardar ese recorrido para repetirlo cuando se quiera. El dron volará de manera autónoma siguiendo esa trayectoria, mientras el usuario se limita a disfrutar de la vista 360 o cede las gafas a otra persona en modo espectador. Este tipo de función resulta especialmente útil para comparar paisajes en distintas estaciones, documentar proyectos o repetir exactamente la misma toma para montajes creativos.
Para quienes buscan planos llamativos sin calentarse demasiado la cabeza, está Sky Genie, un modo que ejecuta maniobras complejas de forma automática. Con un toque se pueden conseguir órbitas, espirales o movimientos en arco alrededor de un sujeto, sin necesidad de dominar las combinaciones de controles habituales. Y si se quiere que el dron se centre en una persona o un objeto concreto, se puede recurrir a Deep Track, el sistema de seguimiento que mantiene al sujeto en el centro del encuadre virtual.

Seguridad, autonomía y normativa europea
En el terreno de la seguridad, el Antigravity A1 combina varios elementos físicos y lógicos. Por un lado, integra sensores de detección de obstáculos en la parte frontal e inferior, además de sensores infrarrojos en la zona baja que ayudan a evitar contactos no deseados con el suelo, personas u objetos situados justo debajo del dron.
Cuando el A1 se aproxima a una superficie o estructura, el sistema avisa a través de la interfaz de las gafas —que puede teñirse de rojo en la dirección del peligro— y, si es necesario, limita o detiene el avance. Aun así, como en cualquier dron, seguir manteniendo la atención es clave, sobre todo con ramas, cables u obstáculos por encima de la aeronave, que siempre son más delicados de detectar.
Otra de las novedades es el sistema de detección de carga útil. El dron es capaz de identificar pesos extra o modificaciones que puedan comprometer la seguridad del vuelo, impidiendo despegar o advirtiendo al usuario si se sale de los límites recomendados. La idea es evitar usos inadecuados y mantener el dispositivo dentro del marco de herramienta creativa, no de transporte improvisado.
En cuanto a autonomía, la batería estándar ofrece alrededor de 24 minutos de vuelo en condiciones ideales, aunque en la práctica la cifra real suele ser algo menor si hay viento o se fuerza al máximo la velocidad. Existe una batería de alta capacidad que eleva la duración hasta unos 39 minutos, muy interesante para sesiones largas, aunque en este caso el peso del dron aumenta hasta unos 291 gramos y se pierde la clasificación C0.
Este dato es importante para Europa. Con 249 g y marcado C0, el A1 se sitúa en la categoría abierta A1 de la normativa europea de UAS, considerada de bajo riesgo. En España, esto significa que se puede volar con menos exigencias que un dron más pesado, aunque el operador debe registrarse en la AESA si utiliza la cámara, respetar la altura máxima de 120 metros, mantener siempre la aeronave dentro del alcance visual (salvo excepciones reguladas), no sobrevolar aglomeraciones ni zonas prohibidas y cumplir el resto de restricciones de espacio aéreo.
Vídeo 8K 360 y flujo de trabajo con inteligencia artificial
La parte más llamativa del Antigravity A1 es su capacidad para grabar en 8K 360 grados y permitir el reencuadre a posteriori. En lugar de elegir el plano durante el vuelo, lo que hace el dron es capturar una esfera completa de vídeo. Después, en la app móvil o en el programa de escritorio Antigravity Studio, se decide qué porción de esa esfera se ve en cada momento.
Este planteamiento —vuela primero, encuadra después— supone un cambio de mentalidad respecto a los drones con cámara frontal. El piloto deja de preocuparse tanto por “apuntar” la cámara y puede concentrarse en la sensación de vuelo o en la seguridad, sabiendo que tendrá margen para sacar diferentes versiones del mismo clip en edición: plano cenital, seguimiento lateral, pequeño “Tiny Planet”, tomas verticales para TikTok o Reels, o un montaje horizontal clásico en 16:9.
La calidad de imagen se apoya en un sensor de 1/1.28 pulgadas por lente y en la estabilización FlowState, que mantiene el horizonte estable incluso con ráfagas de viento. En pruebas reales, el resultado es fluido y usable para redes sociales y proyectos más serios, aunque, como suele ocurrir con casi todos los drones, el rendimiento es claramente mejor en condiciones de buena luz que en escenas muy oscuras.
El software de Antigravity incluye herramientas de edición asistida por IA que analizan los vuelos, detectan los momentos más interesantes y generan automáticamente clips ya montados con música y movimientos de cámara. Para quien no quiera complicarse, esta función permite pasar del vuelo a un vídeo listo para publicar en cuestión de minutos. Los más exigentes pueden profundizar en la línea de tiempo, colocar puntos clave para dirigir la mirada del espectador, cambiar la proyección o ajustar el color.
Antigravity Studio, disponible para Windows y macOS, permite exportar en distintos formatos y relaciones de aspecto (16:9, 9:16, 1:1, 4:3) y ofrece diferentes modos de visualización, desde ultrapanorámicos hasta el popular efecto “planeta diminuto”. Los clips se pueden combinar con otros vídeos no 360, añadir música sin copyright, transiciones y texto, aunque, por ahora, el programa sigue en desarrollo y tiene margen para mejorar en funciones de montaje avanzadas.
Experiencia de uso real: configuraciones, packs y precio en Europa
Montar todo el ecosistema la primera vez lleva algo más de tiempo de lo que podría parecer. Es necesario actualizar el firmware del dron, las gafas y el Grip Controller, vincular los tres dispositivos y completar el asistente inicial. No es especialmente complejo, pero sí algo más largo que en un dron sencillo “de encender y volar”, así que conviene reservar un rato para este primer ajuste en lugar de hacerlo justo antes de un vuelo importante.
Una vez superado ese paso, el día a día resulta bastante directo. Para arrancar, basta con realizar la secuencia de encendido en el dron, el mando y la batería de las gafas, esperar a que se sincronicen y revisar en el menú interno que todo está conectado y con señal suficiente. Desde ahí se elige la resolución de grabación, el modo de vuelo y los límites de altura y distancia que se quieren aplicar.
Antigravity comercializa el A1 en tres paquetes principales para Europa: el estándar, el Explorador y el Infinito o Infinity. Todos incluyen el dron, las Vision Goggles y el Grip Controller, y se diferencian en cantidad de baterías, cargadores, recambios y opciones de transporte. El pack más completo suele añadir varias baterías de alta capacidad, un hub de carga múltiple, lector de tarjetas, bolsa bandolera y recambios de lentes y hélices.
En el mercado europeo, Antigravity ha fijado el lanzamiento con los siguientes precios aproximados: 1.399 euros para el paquete estándar, 1.599 euros para el Explorador y 1.699 euros para el Infinity. En España puede adquirirse a través de la tienda oficial de la marca, distribuidores autorizados y cadenas de electrónica, situándose en la misma franja que otros drones de gama alta como el DJI Mavic 4 Pro, pero con el añadido de la grabación 360 integrada.
Quién puede sacarle partido y qué aporta frente a un dron tradicional
El Antigravity A1 no pretende ser el dron más barato ni el más sencillo de todos, sino una herramienta diferente para quienes quieren ir más allá del típico plano frontal desde el aire. Su enfoque tiene mucho sentido para creadores de contenido, viajeros, deportistas, agentes inmobiliarios o productoras que necesiten planos envolventes y la posibilidad de reencuadrar después sin repetir vuelos.
En un solo paseo se pueden generar varios vídeos distintos para diferentes plataformas: una versión horizontal más cuidada para YouTube o un proyecto profesional, recortes verticales para TikTok o Instagram, y clips cuadrados para otras redes. Todo a partir de la misma grabación 360, lo que supone un ahorro de tiempo evidente frente a repetir la ruta cambiando el encuadre.
Para usuarios menos técnicos, el principal atractivo está en que la combinación de Grip Controller y Vision Goggles reduce de forma drástica la barrera de entrada. No hace falta aprender movimientos finos con dos sticks; basta con apuntar con la mano y dejar que el sistema vaya corrigiendo. Y, si se quiere ir un paso más allá, siempre se puede activar el modo FPV clásico y exprimir la velocidad y maniobrabilidad del dron.
Entre los puntos a tener en cuenta, además del precio, está el hecho de que el proceso de edición 360 requiere algo de tiempo si se busca un resultado más elaborado que el que ofrecen los montajes automáticos. Mover keyframes, decidir hacia dónde mira el plano en cada momento o trabajar con archivos 8K pesados implica contar con un ordenador relativamente solvente y algo de paciencia.
Pese a estas exigencias, el conjunto encaja bien con la tendencia actual: un dispositivo capaz de generar mucho contenido a partir de cada vuelo, con herramientas de automatización, IA y seguridad pensadas para que la parte complicada suceda en segundo plano. Para usuarios en España y el resto de Europa, el peso por debajo de 250 g y la clasificación C0 aportan, además, un plus de flexibilidad en escenarios donde un dron más voluminoso se toparía enseguida con más trabas normativas.
Con todo lo anterior sobre la mesa, el Antigravity A1 se coloca como un dron llamativo para quienes quieren explorar la grabación aérea en 360 grados sin renunciar a una experiencia de vuelo accesible; un equipo que combina cámara 8K 360, control intuitivo y un ecosistema de software todavía en evolución, pero ya lo bastante maduro como para convertir cada vuelo en varias piezas listas para compartir o integrar en proyectos más ambiciosos.

