
Las principales asociaciones de televisión en Europa han trasladado a Bruselas un aviso que no pasa desapercibido: los sistemas operativos de las Smart TV y los asistentes de voz se han convertido en un filtro decisivo para acceder a los contenidos audiovisuales, pero no están sometidos a las mismas obligaciones que las grandes plataformas digitales ya reguladas por la Unión Europea.
Durante años el debate se centró casi exclusivamente en la guerra del streaming —Netflix, Disney y Atresmedia, Prime Video y compañÃa ocupando titulares— mientras la televisión tradicional perdÃa presencia poco a poco. Sin embargo, el foco se ha desplazado: ya no se discute tanto quién tiene el mejor catálogo, sino quién controla lo que ves cuando enciendes la tele y cómo se ordena ese acceso al contenido.
Las Smart TV se convierten en los nuevos «porteros» del salón europeo
Las patronales de broadcasters y grupos audiovisuales del continente sostienen que las grandes tecnológicas han tomado el relevo de los distribuidores clásicos de televisión, pero con un alcance mucho mayor. Ya no hablamos de un operador dominante en un solo paÃs, sino de los mismos nombres repitiéndose en televisores, dispositivos de streaming y plataformas en gran parte de Europa: Google, Amazon, Samsung, LG, Apple… la misma alineación una y otra vez.
El núcleo de la preocupación está en la capa de software. Cuando una Smart TV decide qué aplicaciones aparecen destacadas, qué servicios quedan enterrados en submenús o qué contenidos se muestran nada más encender el aparato, ya no es un asunto meramente técnico. Se trata de negocio, de visibilidad y de quién tiene la llave de acceso al espectador, un terreno que el sector televisivo considera demasiado sensible como para dejarlo sin supervisión.
Los datos de cuota de mercado ilustran por qué el asunto inquieta en Bruselas. Según cifras citadas por el sector, Android TV ha pasado de controlar en torno al 16% a cerca del 23% del mercado en apenas unos años, Fire TV ha escalado aproximadamente del 5% al 12% y Tizen ronda el 24%. Es decir, un puñado de sistemas operativos concentra una parte muy relevante de los televisores conectados en Europa, algo que recuerda a otros casos en los que la Comisión Europea ha intervenido.
En este nuevo escenario, ya no basta con que una cadena tenga su aplicación disponible frente a bloqueos y alternativas seguras. Lo decisivo es si esa app aparece en primera fila, si queda arrinconada en la última página del menú, si el sistema la integra bien o si la televisión empuja de forma sutil hacia su propio servicio de vÃdeo. Todo ese diseño de la experiencia de uso, que muchas veces pasa desapercibido para el usuario, otorga a los fabricantes y dueños del sistema operativo un poder considerable sobre qué se ve y qué no.
Las cadenas piden aplicar la ley más estricta de la UE al salón de casa
Las organizaciones que agrupan a los grandes grupos televisivos europeos, entre ellas la ACT, han presentado una petición explÃcita a la Comisión: que los sistemas operativos de televisores inteligentes y dispositivos de streaming se incluyan bajo el paraguas de la Digital Markets Act (DMA), la norma que vigila el comportamiento de las plataformas con posición dominante en el entorno digital.
En términos prácticos, esto implicarÃa que compañÃas como Google (Android TV), Amazon (Fire TV), Apple o Samsung (Tizen) no podrÃan favorecer de forma injustificada sus propios servicios dentro de sus televisores conectados. El objetivo, explican las televisiones, es que la interfaz de la tele no se convierta en un terreno de juego inclinado hacia el proveedor del sistema operativo, relegando a un segundo plano a otros servicios, aplicaciones o canales.
La reclamación no se queda solo en las pantallas. Las asociaciones también ponen el foco en los asistentes de voz y los nuevos sistemas basados en inteligencia artificial generativa, tanto los integrados en las Smart TV como los que viven en móviles, altavoces o incluso en el coche. En su opinión, estos asistentes influyen de forma creciente en cómo se busca, se descubre y se selecciona contenido, y sin embargo se mueven todavÃa en un terreno normativo mucho menos definido.
Un aspecto clave de la petición es que se pide a Bruselas que, al definir qué actores son «gatekeepers», no se limite solo a criterios puramente numéricos como los 45 millones de usuarios o los 75.000 millones de euros de valoración. Las televisiones instan a introducir también criterios cualitativos que tengan en cuenta el grado de control sobre la distribución de contenidos audiovisuales, para evitar que ciertas plataformas queden fuera del radar pese a su influencia.
Un mercado muy concentrado y un vacÃo regulatorio en los asistentes de voz
El conflicto que plantean las televisiones tradicionales es, a la vez, técnico y estratégico. Los sistemas operativos de Smart TV gestionan la interfaz, las recomendaciones y el acceso a las aplicaciones, y eso para la industria supone controlar la puerta principal al contenido audiovisual de más de 700 millones de personas en todo el mundo, una cifra nada menor si se piensa en términos de audiencia.
A ojos de los broadcasters, quien domina esa capa intermedia entre el usuario y los servicios de vÃdeo actúa de hecho como un distribuidor. Si el sistema puede colocar en primer lugar su propio servicio de streaming, priorizar determinadas aplicaciones o rediseñar la navegación para favorecer a unos frente a otros, se encaja bastante bien con la definición de «gatekeeper» que la DMA intenta acotar.
El capÃtulo de los asistentes de voz añade otra vuelta de tuerca. Herramientas como Alexa, Siri u otros sistemas controlados por voz e impulsados por inteligencia artificial empiezan a ser el modo habitual de interactuar con la tele: pedir una serie concreta, buscar una pelÃcula por género o simplemente decir «pon algo para niños». En ese punto, el intermediario desaparece visualmente, pero su capacidad de decidir qué servicio responde primero o qué plataforma se abre aumenta.
Las televisiones advierten de que estos asistentes no están todavÃa plenamente cubiertos por la DMA y funcionan en un abanico amplio de dispositivos: televisor, móvil, coche, altavoz inteligente y otros aparatos conectados. Esa presencia transversal, combinada con la recopilación masiva de datos de uso, refuerza su posición como intermediarios clave sin un marco regulatorio tan especÃfico como el que ya se aplica a otros servicios digitales.
De ahà que el sector hable abiertamente de un vacÃo regulatorio. No solo se trata de qué contenido se prioriza, sino también de qué información se recoge sobre los hábitos de visionado y cómo se utilizan esos datos para afinar recomendaciones, publicidad o promoción de determinados servicios. Las televisiones consideran que, sin reglas claras, el equilibrio competitivo entre proveedores de contenido puede resentirse.
La Comisión Europea escucha, pero de momento no mueve ficha
Por ahora, nada cambia en el dÃa a dÃa del espectador. La Comisión Europea ha recibido formalmente la petición de las televisiones y está analizándola, pero no hay una decisión inmediata ni un calendario cerrado para modificar o ampliar el alcance de la DMA en este ámbito concreto.
Aunque el proceso regulatorio europeo suele ser lento, la señal polÃtica es relevante. Es la primera vez que la industria televisiva tradicional apunta de forma tan directa hacia los gigantes tecnológicos como los nuevos dueños de la distribución audiovisual en el salón, un rol que durante décadas estuvo en manos de operadores de cable, satélite o TDT.
El debate también pone sobre la mesa algo que muchas veces se pasa por alto al comprar un televisor. Más allá del tamaño de la pantalla, la resolución o el brillo, el usuario está adquiriendo un sistema operativo que decide qué se ve primero, cómo se ordenan las aplicaciones y qué servicios se sugieren sin que apenas se note. En la práctica, ese software determina gran parte de la experiencia audiovisual diaria.
Para las cadenas europeas, la batalla ya no se libra solo en tener una app instalada en todas las plataformas posibles. El reto es que esa aplicación no quede relegada en un rincón de la interfaz, que no tenga que competir en desigualdad de condiciones frente a los servicios del propio fabricante y que el acceso a la audiencia no dependa de acuerdos comerciales opacos o de decisiones unilaterales del sistema operativo.
En este nuevo tablero, el salón se ha convertido en un espacio estratégico de primer orden para las polÃticas digitales europeas. Lo que antes se veÃa como un simple mando a distancia ahora es una capa de software inteligente capaz de orientar la atención del usuario, seleccionar qué aparece destacado y, en última instancia, influir en qué contenidos triunfan o pasan desapercibidos.
Todo apunta a que, si la Comisión Europea acaba atendiendo las demandas de las televisiones, las Smart TV, los dispositivos de streaming y los asistentes de voz podrÃan integrarse en la lista de servicios sometidos a las reglas más exigentes del mercado digital europeo. Para el usuario final, eso podrÃa traducirse con el tiempo en interfaces algo más neutrales y en una mayor transparencia sobre por qué ve lo que ve cada vez que enciende la tele.