
Durante las últimas semanas, las redes sociales en España han sido un hervidero de críticas y llamamientos al boicot contra algunos de los creadores de contenido más seguidos del país. La etiqueta «caída de los influencers» se ha viralizado en plataformas como TikTok e Instagram, convirtiéndose en uno de los temas de conversación más recurrentes del verano y llevando a preguntarse si el modelo de negocio que ha dominado internet durante una década está llegando a su punto de inflexión.
Lo que comenzó con comentarios polémicos y videos mal recibidos se ha transformado en un movimiento social en el que los usuarios expresan su hartazgo hacia una figura que ha pasado de transmitir cercanía y autenticidad a representar, para muchos, una burbuja de privilegios, publicidad encubierta y desconexión absoluta con la realidad del ciudadano común. Sin embargo, un análisis más detenido de los datos y de las reacciones invita a matizar esta supuesta caída.
Una reacción en cadena y el papel de la polémica
El detonante ha sido una sucesión de episodios protagonizados por algunos de los perfiles más populares. Uno de los más comentados fue el de Fabiana Sevillano, que se lamentó de tener un solo mes de vacaciones “como todos los años”, mientras que “la gente ha tenido tres”, una frase que encendió las redes por lo desconectada de la realidad laboral de la mayoría. A esto se sumaron las declaraciones de Carliyo el Nervio, quien calificó el eclipse solar de agosto como una “cortina de humo” para desviar la atención de otros problemas, y el ya conocido caso de Roro, que perdió más de medio millón de seguidores en TikTok e Instagram tras viralizarse antiguos mensajes con comentarios racistas sobre algunas nacionalidades latinoamericanas.
La lista de nombres señalados es extensa y también ha incluido a Lucía Sánchez, quien dedicó palabras gruesas a los que “prefieren cobrar una pensión” a trabajar, o El Xokas, que se jactó de haber ganado más dinero con una sola promoción que una familia corriente en veinte años, provocando incluso que Burger King se desvinculara de su campaña. Estos episodios han alimentado el desencanto y han dado lugar a vídeos y comentarios que utilizan una metáfora de la “caída” para expresar la pérdida de confianza en estos perfiles.
Los datos detrás del descontento
La herramienta Social Blade ha permitido verificar una ligera disminución en el número de seguidores de algunos de estos creadores. Por ejemplo, Fabiana Sevillano ha perdido aproximadamente 9.100 seguidores en 14 días, y Carlos García alrededor de 12.000, mientras que su esposa Natalia Palacios ha superado los 22.000 unfollows. Roro, según recoge la propia creadora Hazmeunafotoasi, habría perdido en torno a 96.000 seguidores en Instagram y 400.000 en TikTok. Ahora bien, en un contexto con comunidades que se cuentan en millones, esta pérdida representa apenas un 2% o 4% del total, un dato que pone en entredicho la magnitud real de la llamada funada.

La creadora de contenido Lorena Macías, conocida como Hazmeunafotoasi, lo plantea de una forma bastante gráfica: “Mucho indignarse y mucho contestarle al vídeo, pero poco darle al unfollow”. Su análisis sugiere que, más allá del ruido en redes, la base de seguidores de los grandes influencers apenas se ha movido. Este comportamiento de la audiencia tiene un doble rasero que se refleja en los estudios sectoriales. Mientras que el Estudio de Redes Sociales 2025 de IAB Spain observa que un 41% de los usuarios considera que los contenidos de los influencers son puramente publicitarios, el 40% de ellos mismos reconoce seguir fiable a los creadores que les gustan. La influencia no ha desaparecido, sino que se ha vuelto más incómoda para muchos.
El negocio, más fuerte que nunca
Una de las paradojas de este momento es que, mientras se generaliza el discurso de la debacle, los datos comerciales no apuntan en absoluto a una caída. El Estudio Influencer Economy 2026, elaborado por IAB Spain y Primetag, indica que los contenidos patrocinados aumentaron un 73% en TikTok y un 45% en Instagram durante el último año. Además, se ha duplicado el número de publicaciones identificadas correctamente como publicidad, un síntoma de que la publicidad controversial en redes sociales está generando una mayor demanda de transparencia.
El sector también evidencia una adaptación a las nuevas exigencias del mercado. Jesús Villegas, un creador de contenido con una comunidad más reducida, valora que las marcas cada vez valoran más la calidad del engagement frente al mero número de seguidores. “No todos los seguidores valen lo mismo. Yo no me cambio por un tiktoker con millones de visitas. Las marcas que de verdad quieren llegar a la gente están empezando a entenderlo”. Este cambio de criterio podría impulsar una nueva hornada de creadores más confiables y auténticos, los conocidos como micro y nano influencers, que conectan mejor con su audiencia a pesar de tener una comunidad más pequeña.

Sin embargo, el fantasma de la precariedad y la presión mediática también ha llevado a una profesionalización, incluso con la presencia de la CNMC, que ha incluido por primera vez a influencers en sus informes de alfabetización mediática, con el fin de que los creadores se sometan a un código de buenas prácticas. La responsabilidad comienza a ser un requisito en un sector que ha tenido un crecimiento explosivo y que ahora se enfrenta a la necesidad de mantener la confianza, un pilar que parecía débil pero que todavía no se ha roto.
Desde el sector publicitario, las agencias y consultores consultados admiten que, pese a las críticas, la industria no ha sufrido una desinversión real. Eso sí, han aprendido a medir mucho mejor los riesgos. La reputación es un activo frágil. «Si una figura con una gran comunidad, como Roro o Carliyo, está envuelta en una polémica, la imagen de la marca que patrocina se ve perjudicada», explica un consultor anónimo. Por eso, aunque el ruido mediático se haya multiplicado, las campañas siguen siendo rentables, pero se está incrementando el filtro para evitar perfiles que puedan tirar por la borda una inversión.
Queda claro que estamos ante un momento de cambio de ciclo en el universo de los creadores de contenido. La audiencia ya no se conforma con ver en una vida aspiracional, una cara bonita o un producto más. La conexión emocional es lo que sigue manteniendo al algoritmo, pero esa conexión requiere de un plus de autenticidad, de un sentido de comunidad y de una visión crítica que los grandes perfiles han descuidado. La caída no es de la economía, sino del aura de genio y la cercanía que algunos crearon. Los influencer que no entiendan que la influencia se trabaja, se fomenta y se cuida, perderán lo que más les importa: su comunidad. Por ahora, el trono sigue ahí, pero con muchos menos cimientos de los que parecía tener.
