Lo que iba a ser un trayecto tranquilo cruzando el charco terminó siendo un auténtico quebradero de cabeza para los pasajeros del vuelo de United Airlines que unía Newark con la isla de Mallorca. Nadie se esperaba que, en pleno siglo XXI, una configuración de un teléfono móvil pudiera causar semejante revuelo en una ruta transatlántica de estas características.
La tecnología a veces nos juega malas pasadas por puro descuido, pero en esta ocasión no se trató de un fallo técnico fortuito, sino de la ocurrencia de un joven de 16 años que decidió que sería buena idea renombrar su conexión inalámbrica con una palabra que nunca debe pronunciarse en un aeropuerto. Lo que empezó como una supuesta gracia juvenil acabó movilizando a los mandos de seguridad de la aerolínea en cuestión de minutos.
Tensión a miles de pies de altura sobre el océano
Cuando la aeronave ya se encontraba sobrevolando las aguas del Atlántico y el pasaje empezaba a acomodarse para las horas de vuelo restantes, la tripulación detectó una señal que hizo saltar todas las alarmas en la cabina. Al parecer, alguien había tenido la desafortunada iniciativa de nombrar su dispositivo Bluetooth como «Bomba», un término que automáticamente activó los protocolos de emergencia más estrictos de la compañía.
El ambiente en la cabina se caldeó bastante rápido porque, como es lógico, recibir la orden de apagar todos los dispositivos de forma inmediata en mitad de la nada no es plato de buen gusto para nadie. A pesar de los intentos desesperados de los auxiliares por identificar el origen de esa señal antes de tomar una decisión drástica, la imposibilidad de localizar el terminal exacto sobre la marcha obligó a seguir el manual de seguridad aérea al pie de la letra.
El regreso forzoso y las consecuencias legales
Ante la incertidumbre de no saber si se trataba de una amenaza real o de una simple broma de mal gusto, los pilotos decidieron que lo más sensato era regresar de inmediato al aeropuerto de Newark. No se puede jugar con la seguridad de cientos de personas, y la central de la aerolínea prefirió que el avión fuera inspeccionado en tierra firme por equipos especializados en desactivación de explosivos y amenazas terroristas.
Al aterrizar de nuevo en suelo estadounidense, el despliegue policial fue de los que quitan el hipo, con patrullas y agentes esperando a pie de pista para evacuar y registrar cada rincón del aparato. Tras una inspección exhaustiva que confirmó que no había peligro alguno, se identificó al autor de la maniobra: un menor de edad que fue detenido por las autoridades locales y que ahora se enfrenta a posibles cargos legales bastante serios por la enorme movilización de recursos que provocó su acción.
Lo que queda claro tras este incidente es que las bromas pesadas en el entorno de la aviación comercial salen extremadamente caras y que la seguridad no entiende de chistes de adolescentes. El viaje, que tenía como destino final disfrutar de la costa mallorquina, terminó convertido en un baile de retrasos y trámites policiales que arruinó el inicio de las vacaciones a más de un centenar de personas por culpa de un simple cambio de nombre en los ajustes de un terminal móvil.